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Cajón de sastre

Ultracorrección postural

Cuando la búsqueda de la postura correcta se convierte en ruido.

Ilustración: una practicante en postura del triángulo rodeada de indicaciones técnicas, ángulos y correcciones — «demasiada información externa = desconexión interna»

Durante mucho tiempo, una parte de la enseñanza del yoga se ha basado en la búsqueda de la postura correcta. Coloca el pie aquí. Gira la pelvis allá. Alinea la rodilla. Baja los hombros. Activa el abdomen. Alarga la columna. Y todavía un poquito más.

Las indicaciones técnicas son necesarias. Nos ayudan a comprender una postura, a explorarla y, en determinadas circunstancias, a practicarla con mayor seguridad. Pero también creo que existe algo parecido a una ultracorrección postural: ese momento en que la acumulación de instrucciones deja de ayudar y empieza a hacer ruido.

Porque mientras intentamos recordar qué tenemos que hacer con el dedo gordo del pie, el fémur, las costillas y la coronilla, podemos olvidarnos de atender a la información más importante de todas: qué está ocurriendo realmente en nuestro cuerpo.

Aprender a escuchar

Para mí, uno de los grandes aprendizajes del yoga consiste precisamente en desarrollar esa capacidad de escucha. Aprender a distinguir entre un esfuerzo razonable y ese dolor que nos está diciendo que quizá sea mejor no insistir. Reconocer una limitación sin vivirla como un fracaso. Saber cuándo podemos explorar un poco más y cuándo conviene retroceder. Y entender que nuestro cuerpo no es exactamente el mismo todos los martes a las siete de la tarde.

Por eso intento dejar también espacios de silencio durante las clases. Creo firmemente que, en muchas ocasiones, el silencio es la mejor indicación técnica. Es el espacio en el que uno puede observar qué sucede al respirar, dónde aparece una resistencia, qué parte del cuerpo está trabajando demasiado o qué pequeña modificación hace que una postura resulte más estable. La postura deja entonces de ser una forma que hay que reproducir y se convierte en algo que hay que investigar.

La postura correcta no existe (al menos, no una sola)

En yoga hemos heredado muchas instrucciones de alineación como si describieran una geometría ideal del cuerpo: el pie debe apuntar exactamente hacia aquí, la rodilla debe quedar sobre el tobillo, la pelvis debe colocarse de esta manera y los hombros de aquella otra. Apartarse del modelo se convierte entonces en un «error» y, con demasiada facilidad, ese error se identifica con una futura lesión.

Pero los cuerpos no están fabricados con un mismo molde. Cambian nuestras proporciones, nuestra movilidad articular, nuestra fuerza, nuestra edad, nuestro historial de lesiones y nuestra anatomía. Y también cambia el cuerpo de una misma persona de un día para otro.

Eso no significa que la alineación dé igual. Al contrario: la alineación es una herramienta, no un dogma.

La biomecánica nos permite entender, por ejemplo, que modificar una postura modifica también las cargas que soporta el cuerpo. Un estudio realizado precisamente con Trikoṇāsana —la postura del triángulo— comprobó que variar la distancia entre los pies cambia las fuerzas y los momentos articulares en tobillos, rodillas y caderas; además, esos cambios no afectan de la misma manera a la pierna adelantada y a la atrasada. Los propios autores plantean que estas variaciones pueden utilizarse para aumentar o disminuir determinadas cargas y adaptar la postura a principiantes o personas con necesidades específicas.

Por eso prefiero hablar de criterios antes que de reglas universales. Una indicación de alineación puede ayudarnos a ganar estabilidad, modificar una carga, conseguir determinado estímulo o adaptar una postura a una limitación concreta. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es que exista una alineación geométricamente perfecta, válida para todos los cuerpos y que, por sí misma, nos proteja de las lesiones.

Yoga y lesiones

El yoga puede producir lesiones. No creo que haya que defender la práctica negando algo que ocurre en cualquier actividad física.

Las revisiones de la literatura encuentran lesiones y otros efectos adversos asociados a la práctica, principalmente de tipo musculoesquelético, como distensiones y esguinces. Al mismo tiempo, la mayoría de los problemas registrados son leves y transitorios.

Y tampoco parece razonable presentar el yoga como una actividad especialmente peligrosa. Una revisión sistemática y metaanálisis de 94 ensayos clínicos, con 8430 participantes, no encontró diferencias en la frecuencia de acontecimientos adversos entre yoga y ejercicio físico convencional y concluyó que el yoga parece tener un nivel de seguridad comparable. Otro estudio poblacional calculó una tasa aproximada de 0,60 lesiones por cada 1000 horas de práctica, aunque el riesgo variaba según el tipo de yoga y las circunstancias en que se practicaba.

Esto tampoco significa que todas las posturas sean apropiadas para todo el mundo. La edad, determinadas patologías, lesiones anteriores o condiciones como la osteoporosis pueden exigir modificaciones concretas. En personas con osteoporosis u osteopenia, por ejemplo, una revisión encontró una asociación entre determinadas actividades con flexión de columna —incluidas algunas posturas de yoga— y fracturas vertebrales, aunque estos acontecimientos fueron poco frecuentes.

Ni miedo al movimiento ni barra libre. Adaptación.

El dolor no es tu amigo

Es una frase que repito bastante en clase: el dolor no es tu amigo.

No quiero decir con ello que cualquier sensación intensa sea necesariamente una señal de lesión. Practicar implica esfuerzo: los músculos trabajan, aparece fatiga, una postura puede resultar exigente y podemos encontrarnos con zonas de resistencia. Aprender a reconocer ese esfuerzo razonable forma también parte de la práctica.

Pero una cosa es el esfuerzo y otra insistir cuando algo duele.

No me interesa esa idea, bastante extendida en el ejercicio físico y también en ciertos ambientes del yoga, de que hay que aguantar, superar el dolor o forzar un poco más para progresar. Cuando aparece dolor, mi recomendación en clase suele ser mucho más sencilla: no insistas. Sal de la postura, reduce su intensidad, utiliza un apoyo o prueba otra variante.

Quizá puedas llegar un poco más lejos. La pregunta es si necesitas hacerlo.

Y aquí aparece inevitablemente el ego. La persona de la esterilla de al lado llega más lejos. Nosotros ayer llegábamos más lejos. En la fotografía del libro alguien llega muchísimo más lejos. Todo invita a convertir la postura en un objetivo y al cuerpo en el obstáculo que nos separa de él.

Intento plantearlo justamente al revés:

La postura debe adaptarse al cuerpo, no el cuerpo a la postura.

Eso implica aceptar que una práctica inteligente no siempre avanza hacia «más»: más flexibilidad, más profundidad, más dificultad. A veces avanzar consiste precisamente en hacer menos. Utilizar un apoyo. Doblar una rodilla. Salir antes de una postura. O decidir que hoy esa postura no nos conviene.

La técnica importa. La anatomía importa. La experiencia del profesor importa. Pero ninguna de ellas debería sustituir progresivamente la capacidad del alumno para escucharse. Al contrario: deberían servir para desarrollarla.

Al final, me interesa mucho más que un alumno aprenda a obtener información de su propio cuerpo y tomar decisiones que conseguir que reproduzca una postura exactamente como aparece en un manual.

Porque el objetivo no es aprender a soportar cada vez más.

Es aprender a escucharnos cada vez mejor.

— Francis, Yoga Grund Málaga