Llegué al estoicismo por una puerta bastante inesperada: una entrevista con Ramiro Calle. En un momento comentó que los estoicos eran, en cierto modo, «los yoguis de Occidente». La frase se me quedó rondando la cabeza durante semanas. Había oído hablar de Marco Aurelio y de Séneca, pero poco más. Aquella comparación me pareció demasiado sugerente como para dejarla pasar.
Empecé por las Meditaciones de Marco Aurelio. Después llegaron Séneca, Epicteto y, ya en tiempos más recientes, Pierre Hadot, Massimo Pigliucci o Donald Robertson. Cuanto más leía, más entendía lo que quería decir Ramiro Calle. No porque el yoga y el estoicismo sean la misma cosa —no lo son, nacieron en mundos completamente distintos y persiguen objetivos diferentes—, sino porque ambos entienden la filosofía como una práctica. No basta con tener buenas ideas: hay que entrenarlas. Un yogui practica āsanas, respiración y meditación. Un estoico practica la atención sobre sus propios juicios, intenta distinguir qué depende de él y qué no, y procura no perder la cabeza cada vez que la realidad decide llevarle la contraria.
Esa idea me resultó sorprendentemente cercana al yoga. En ambos casos el objetivo no es fabricar una vida sin problemas, sino desarrollar cierta estabilidad para cuando inevitablemente lleguen. Porque llegan. Antes o después aparecen una lesión, un despido, una ruptura, un diagnóstico médico o un lunes cualquiera en el que todo sale mal. Ni el yoga ni el estoicismo prometen evitar esas situaciones. Lo que proponen es llegar un poco mejor preparado cuando llamen a la puerta.
La aceptación no es rendición
Eso sí, hay una idea del estoicismo que me parece importante desmontar. Mucha gente lo entiende como una invitación a resignarse: «acepta las cosas y ya está». Yo no lo leo así. Los estoicos no dicen que debamos soportarlo todo con una sonrisa beatífica mientras el mundo arde a nuestro alrededor. Lo que proponen es bastante más sensato: no malgastar energía luchando contra aquello que no podemos cambiar y emplearla, en cambio, donde sí podemos hacer algo.
Aceptar una enfermedad no significa renunciar al tratamiento. Aceptar una injusticia no significa dejar de combatirla. Aceptar que hoy estás triste no implica instalarte en la tristeza.
La aceptación no es rendición; es el punto de partida desde el que actuar con un mínimo de lucidez.
Contra la felicidad obligatoria
Quizá por eso el estoicismo me parece un buen antídoto contra cierta obsesión contemporánea por la felicidad permanente. Vivimos rodeados de mensajes que prometen una vida siempre plena, siempre abundante y siempre alineada con el universo. Si no eres feliz, probablemente es porque no has manifestado lo suficiente, no vibras lo bastante alto o no has comprado el curso adecuado.
El estoicismo —como el yoga cuando se lee con un poco de calma— resulta mucho menos espectacular y, precisamente por eso, mucho más creíble. Viene a decir algo parecido a: «la vida seguirá siendo complicada; intenta no añadir sufrimiento innecesario».
El estoicismo secuestrado
Lo curioso es que, mientras yo iba encontrando todo esto en Marco Aurelio o en Séneca, internet parecía estar leyendo unos libros completamente distintos. En los últimos años una parte de la llamada manosfera ha convertido el estoicismo en una especie de manual para fabricar hombres alfa: vídeos con música épica, estatuas romanas, frases de Marco Aurelio descontextualizadas y la promesa de que, si aprendes a reprimir todas tus emociones, acabarás levantando más peso, ganando más dinero y despertando rodeado de Lamborghini.
Supongo que Marco Aurelio, que dedicó buena parte de sus Meditaciones a recordarse a sí mismo que no debía dejarse llevar por el ego, contemplaría el espectáculo con una mezcla de desconcierto y resignación... muy estoica, eso sí.
La ironía es que el verdadero estoicismo insiste constantemente en la humildad, la compasión, la cooperación y el servicio a los demás. El sabio estoico no es el que domina a los otros, sino el que intenta gobernarse a sí mismo.
Por qué sigo volviendo
Y quizá por eso sigo volviendo de vez en cuando a aquellos libros. No porque crea que tengan respuesta para todo, sino porque recuerdan algo bastante sencillo y bastante difícil a la vez:
La serenidad no consiste en escapar del mundo, sino en aprender a vivir dentro de él sin romperse a cada paso.
Para empezar
Textos clásicos
Libros contemporáneos
Y de donde nació todo: la charla de Ramiro Calle que me llevó al estoicismo, y de quien tomé prestada la expresión que da título a este texto.