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Yoga: ¿la anestesia neoliberal?

Ilustración estilo grabado: una persona meditando en posición de loto conectada a un gotero cuya bolsa lleva la etiqueta «Bienestar sin conflicto»

Una de las cosas que más valoro del yoga es su capacidad para sacarnos durante una hora y media del ruido. Practicar, respirar, guardar silencio, dejar el puñetero móvil fuera y conseguir que la cabeza baje unas cuantas revoluciones: ese pequeño reseteo sigue pareciéndome, después de tantos años, uno de los grandes regalos de todo esto.

El problema empieza cuando el refugio se convierte en evasión. Porque también podemos usar el yoga para no mirar los problemas de frente o para soportar situaciones que quizá no deberíamos tolerar.

Respira, adáptate… y sigue comprando y produciendo

Si estás agotado, medita. Si no puedes más con el trabajo, haz yoga. Si vives acelerado, practica mindfulness. Si la realidad te angustia, aprende a gestionar mejor tus emociones. Y no digo que no, es cierto que el yoga puede ayudar mucho a gestionar el estrés, y siempre será mejor tener herramientas para afrontar las dificultades que vivir desbordado por ellas. Pero una cosa es aprender a manejar el malestar y otra muy distinta asumir que su origen está siempre dentro de nosotros.

Aquí es donde cierta cultura del bienestar encaja a la perfección con una visión muy individualista de la vida: el problema siempre eres tú, y la solución también: TU actitud, TUS hábitos, TU gestión emocional, TU capacidad de adaptación.

El yoga corre entonces el riesgo de dejar de ayudarnos a vivir mejor para, simplemente, ayudarnos a AGUANTAR mejor.

Esta es una de las ideas de Conspiritualidad, de Derek Beres, Matthew Remski y Julian Walker, que más me interesan: cierta espiritualidad que se presenta como liberadora puede acabar siendo profundamente individualista. El mensaje es siempre parecido: sé libre, escucha tu interior, toma las riendas de tu vida, crea tu propia realidad. El problema es que, si todo depende de ti, también todo lo que te ocurre acaba siendo responsabilidad tuya. Las condiciones sociales, económicas o laborales desaparecen de la ecuación y, con ellas, la posibilidad de buscar soluciones colectivas. Si el problema está siempre en uno mismo, ¿para qué intentar cambiar el mundo que tenemos alrededor?

Lo curioso es que basta volver a los textos clásicos del yoga para encontrarse con una visión bastante distinta.

La ética va primero

En los Yoga Sūtra, la ética aparece antes que las posturas, la respiración o la meditación. Patañjali comienza el camino del yoga con los yama: ahiṃsā (no violencia), satya (veracidad), asteya (no apropiarse de lo ajeno), brahmacarya y aparigraha (no acumular, no aferrarse), enumerados en el Yoga Sūtra II.30.

Me parece significativo que el camino de ocho pasos no empiece explicando cómo colocar el cuerpo, sino planteando una manera de relacionarnos con el mundo. Y esos principios, por mucho que después los interioricemos, necesitan de los demás para tener sentido: ahiṃsā obliga a pensar en el daño que causamos; satya, en nuestra relación con la verdad; asteya, en lo que tomamos de otros; aparigraha, en nuestra relación con la posesión y la acumulación.

Sería tramposo convertir a Patañjali en un activista social del siglo XXI. Los Yoga Sūtra se compusieron en un contexto histórico, religioso y filosófico muy distinto del nuestro, y no contienen ningún programa de transformación política. Pero tampoco parece razonable rebajar esos principios a consejos de autoayuda tipo «cinco hábitos para encontrar tu mejor versión».

La ética del yoga tiene a otros seres humanos enfrente, no un espejo.

La idea se ve todavía mejor en Yoga Sūtra I.33, donde Patañjali propone cultivar maitrī (benevolencia) hacia quienes son felices y karuṇā (compasión) hacia quienes sufren, además de alegría ante lo virtuoso y ecuanimidad ante lo que no lo es. El sufrimiento ajeno está ahí, y nuestra actitud ante él importa.

Esto aclara también una confusión bastante frecuente: ecuanimidad no significa indiferencia. Desapego no significa que todo nos dé igual. Podemos intentar no reaccionar desde la ira y, al mismo tiempo, considerar que algo es injusto. Y pratyāhāra —la retirada de los sentidos— puede ser una herramienta formidable para recuperar el control de nuestra atención, sin que eso implique retirarnos también de la sociedad.

En ciertos ambientes del yoga parece existir una obligación tácita de ser apolítico. El buen yogui observa, acepta, no juzga, mantiene la ecuanimidad y, a ser posible, no se mete en líos.

Uno cree que, si medita lo suficiente, si se vuelve lo bastante consciente, el mundo mejorará casi por ósmosis, como si el bien común fuera la suma automática de individuos iluminados, y no el resultado de organizarse, exigir, votar, negociar o incomodar a quien haga falta incomodar.

Ni incienso ni anestesia

Por supuesto, no es necesario que el yoga se convierta en un programa político. Pero sí me parece razonable pedirle lo contrario de lo que a veces ofrece: que en lugar de anestesiarnos, nos despierte. Que la calma que encontramos sobre la esterilla no se convierta en la excusa perfecta para no ver lo que ocurre fuera de ella, sino en la claridad necesaria para resolver los problemas con mayor eficacia.

Ningún problema estructural —la precariedad, la desigualdad, la deriva climática, la injusticia que sea— se resuelve quemando incienso ni perfeccionando la respiración.

Eso no es lo que el yoga promete, y tratarlo como si lo prometiera es, como mínimo, una forma muy cómoda de no hacer nada. Si una práctica nos vuelve más serenos pero también más indiferentes a lo que le pasa a los demás, entonces no nos está iluminando. Ni mijita.

— Francis, Yoga Grund Málaga

Para seguir leyendo

Patañjali, Yoga Sūtra, especialmente I.33 (sobre maitrī y karuṇā) y II.29-31 (los ocho miembros del yoga y los yama).
Bhagavad Gītā, capítulos III (karma-yoga) y V (renuncia y acción).
Beres, D.; Remski, M.; Walker, J. Conspiritualidad. Capitán Swing, 2026. Trad. de Francisco González López.
Welwood, J. Toward a Psychology of Awakening. Shambhala, 2000. (Origen del concepto de spiritual bypassing.)
Rosen, A. «Balance, Yoga, Neoliberalism». Signs and Society, 2025.